Urbanizaciones cerradas: ventajas y desventajas para las ciudades

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Autor | Jaime Ramos

Parece inevitable que las diferencias sociales se trasladen al espacio físico urbano. Ocurre de forma muy simplificada en las expresiones "barrio rico" y "barrio pobre". Ahora bien, ciertas comunidades han abrazado una tendencia que va un paso más allá al establecer barreras físicas entre un conjunto de viviendas y el resto de la ciudad.

¿Qué es una urbanización cerrada?

Las urbanizaciones cerradas llevan varias décadas, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, proliferando en diferentes puntos del globo. Se trata de extensiones de terreno residencial en las que se ubican un número de viviendas que pueden alcanzar varias centenas. En Estados Unidos, país fructífero para las mismas, los cálculos de 2009 indican que el 11% de las comunidades residenciales son urbanizaciones cerradas.

La característica principal que las identifica es el control en el acceso. Separadas del tránsito por barreras físicas o aprovechando accidentes geográficos, son barrios residenciales que suelen asentarse lejos del centro de las grandes ciudades.

Poseen un régimen normativo propio en varios aspectos de la convivencia interna y que comienza con la libertad de circulación y de explotación de sus instalaciones, algo que puede suponer una fuente de controversias legales a nivel local.

Ventajas de una urbanización cerrada

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La ventaja primordial, motivo de alarde, resulta del nivel de seguridad que viven las calles de una urbanización privada. Este rasgo que parte de una separación física, termina por convertirse también en una separación psicológica.

Aunque es la más destacada, no es la única ventaja. Las urbanizaciones cerradas disponen de determinados servicios propios y exclusivos, tales como instalaciones deportivas, aseguran más privacidad y no suelen sufrir problemas externos en el tránsito como las retenciones.

Como sucede con la barrera física, también poseen un componente psicológico para los residentes, que pueden considerarse como miembros de un grupo social propio. Tal diferenciación de estratos a través del espacio urbano existía en las ciudadelas de épocas pasadas y ha persistido el tiempo. No hay más que echar un breve vistazo a la película "Mi tío" (1958) de Jacques Tati.

Desventajas de las urbanizaciones cerradas

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La experta en la materia Sonia Roitman lo deja claro: "Las urbanizaciones cerradas pueden beneficiar a las familias que viven ahí, al brindar seguridad o espacios de recreación de calidad. Pero perjudican a la ciudad y a la sociedad en general (...)"

Roitman apunta que, en el fondo, se trata de una restricción del espacio público, una suerte de privatización que ataca a la cohesión social y al desarrollo de ciudades abiertas y democráticas que luchen contra la discriminación.

Esto en lo que respecta a la segregación social, pero es que, además, las urbanizaciones cerradas pueden ocasionar ciertos desequilibrios económicos al alterar los precios de la vivienda.

En ciertos países las urbanizaciones cerradas son casi una excepción. Hay contrastes muy significativos, como los 11 millones de hogares en urbanizaciones privadas en Argentina por los 100.000 en Reino Unido, al inicio del milenio.

Encontramos patrones que determinan la mayor o menor aparición de urbanizaciones cerradas, como en el caso de Japón, país donde no son tan populares y que, en contraste con otros donde están muy extendidas, presenta unos índices de bienestar social altos y una criminalidad baja.

Al contrario de lo que ocurre en Japón, en Polonia las urbanizaciones cerradas se extienden su popularidad, pero también polémicas, al prohibirse en alguna de la zona de Silesia la presencia de niños.

La experta de la Universidad de Katowice, Aleksandra Kunce, trata de describir ciertos efectos psicológicos, como la ansiedad asociada a esta moda urbanística. Describe las urbanizaciones cerradas como búnkeres que te hacen sentir seguro, pero que no eliminan la idea de que un falso enemigo sigue afuera.

Bajo esta concepción, parece muy poco cabal que el enemigo de esas urbanizaciones de la región polaca de Silesia sean los niños. Jacques Tati y, por extensión, el señor Hulot, se horrorizarían hoy ante un fenómeno que ya criticaron en sus primeros compases.

Imágenes | iStock/Michael Anthony, iStock/rodclementphotography, Wikimedia Commons

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